¿Cómo está relacionado el sistema de razas con el sistema de clases?

Imagen: La clase tiene raza. ¿Cómo está relacionado el sistema de razas con el sistema de clases? Por Lois Nwadiaru.

Para abordar el tema planteado, es indispensable realizar una revisión histórica. En gran parte de lo hoy conocido como América Latina y el Caribe, las colonizaciones europeas establecieron nuevas relaciones jerárquicas de poder, entre ellas: la raza.

Las categorías raciales que conocemos hoy en día son un producto colonial. En este punto es importante establecer que en este texto parto del concepto de racismo como un producto colonial sistémico que excluye y discrimina socialmente a personas asociadas a categorías raciales no dominantes[1].

El poeta y político martiquinés, Aimé Césaire, en su Discurso sobre el colonialismo, expuso lo siguiente: «Es un hecho que la mayoría de los países negros viven bajo el régimen colonial. Incluso un país independiente como Haití es, de hecho, en muchos sentidos, un país semicolonial. Y nuestros hermanos estadounidenses también se hallan, por el juego de la discriminación racial, ubicados de manera artificial y en el seno de una gran nación moderna en una situación que solo se comprende por referencia a un colonialismo ciertamente abolido, pero cuyas secuelas no han dejado de repercutir en el presente» (2006, p. 45). En esa línea, cabe indicar que las independencias políticas de las colonias latinoamericanas y caribeñas no significaron la erradicación de las relaciones jerárquicas de poder racial, sino todo lo contrario: se mantuvieron como normas morales, sociales y jurídicas. Es por esto que se suele hablar de una «herencia colonial», que no involucra solo a lo antes referido, sino además a, literalmente, una herencia en sentido patrimonial.

Centrándome específicamente en la raza, las relaciones jerárquicas de poder estaban definidas por categorías raciales contrapuestas y mixtas. Entre dichas categorías, algunas de las cuales son usadas como identificativos hasta el día de hoy, se pueden encontrar: blanco, indio (hoy indígena), negro, mestizo y mulato (hoy birracial); siendo lo blanco aquello que detentaba el poder y todo lo no blanco aquello que era sometido a dicho poder, eso sí, de forma gradual (por eso eran relaciones jerárquicas) porque no recibía igual trato una persona indígena frente a una persona mestiza ni una persona negra frente a una persona mulata ni una persona mulata frente a una persona mestiza. El sociólogo Rodolfo Merino Guzmán lo expone de la siguiente manera: «La racialización de los cuerpos cumple una función ideológica alienante en las sociedades coloniales, ubica a los sujetos en los ojos de la civilización metropolitana, los traza y los contrapone unos con otros. Pero es en ese encuentro entre cuerpo y cuerpo en que la supuesta universalidad de lo humano se singulariza en la particularidad de los mundos blanco-negro, oriente-occidente, civilizado-bárbaro, entre otros, a la vez que se produce un ocultamiento o negación de la posibilidad de existencia de otros cuerpos. Por lo tanto, la raza se transforma en un instrumento de dominio político y de control, que opera por medio de la normalización de los cuerpos, y que busca justificar y legitimar el control de unos cuerpos sobre otros» (2018, p. 126).

De acuerdo con la socióloga Lorena Álvarez Ossa «La identidad de las mujeres negras se mantiene históricamente desde un imaginario racista dominante, encerrado en estereotipos que exaltan prejuicios sociales; por ejemplo, aún hoy se concibe el cuerpo de la mujer negra como un cuerpo más cerca de la sexualidad; se les reconoce sólo como trabajadoras domésticas, se intuye que tiene una baja educación y una cultura no deseada» (2015, p. 39).

El trabajo doméstico toma un papel importante en esta discusión. Durante las colonizaciones, se solía asignar a mujeres negras, birraciales e indígenas esclavizadas la obligación de realizar actividades para el cuidado doméstico. Pese a las independencias políticas y las formales aboliciones de la esclavitud, las mujeres racializadas continuaron desarrollando ese tipo de trabajo, sea por coerción o sea por falta de oportunidades para acceder a otro tipo de trabajo. En Ecuador, podemos pensar en Dolores Cacuango: una mujer lideresa política indígena nacida en 1881 en un huasipungo, es decir, en un pedazo de tierra que se les otorgaba a las personas a cambio de su trabajo, sin derecho a ningún tipo de remuneración. Creería que, dentro del contexto que me encuentro analizando, está de más explicar cómo los dueños de dichas tierras tenían la propiedad de las mismas y porqué mantenían a personas indígenas en condiciones de esclavitud. Al escapar de San Pablo Urco a Quito, trabajó como empleada doméstica. Dolores se dedicó activamente a la defensa por los derechos de los indígenas llegando a ser una de las referentes más importantes en la reivindicación de derechos humanos del país. Murió en 1971 en las mismas condiciones de precariedad en las que nació. Es decir: hace tan solo cincuenta años.

En este punto cabe preguntarse: ¿Cómo era posible que las personas racializadas e impedidas de acceder a bienes no hereden generacionalmente su condición de pobreza?

No es casualidad que, de donde soy (Guayaquil) existan estereotipos de clase asociados a categorías raciales: pensar en «el pelado Sambo»[2] suele traer inmediatamente a la mente la imagen de algún hombre evidentemente blanco (es decir, no blanco-mestizo, sino blanco), cuya familia generacionalmente ha pertenecido a una clase económica dominante; mientras que pensar en «el man calle»[3] suele traer inmediatamente a la mente la imagen de algún hombre racializado, cuya familia generacionalmente ha pertenecido a una clase económica dominada.

Eso es lo que se denomina «pobreza intergeneracional». Es decir, la pobreza que se transmite generacionalmente debido a las condiciones sistémicas que atraviesan a una familia.

Según un estudio publicado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), «los niveles de pobreza e indigencia son muy superiores para los pueblos indígenas y las poblaciones afrodescendientes, o, en otras palabras, que la pobreza y la indigencia son situaciones marcadas por significativas brechas étnicas/raciales» (2016, p. 29).

Por su parte, la Defensoría del Pueblo del Ecuador se ha pronunciado sobre esta problemática expresando que «existen trabajos natural y exclusivamente asociados a la población afrodescendiente, siendo el cuerpo masculino negro asociado a trabajos que implican fuerza física (militares y seguridad fundamentalmente) y la corporalidad femenina a actividades domésticas. Así, se afirma, el imaginario y la práctica social de que los afrodescendientes solo son “capaces” de desempeñar actividades físicas, cuya “labor es la de servir y cuidar a los blancos”, revive las consecuencias de la esclavitud y, por consiguiente, los excluye del beneficio de otras labores» (Defensoría del Pueblo de Ecuador, 2012, como se citó en CEPAL, 2018, p. 36).

Se debe considerar que, si además de la raza y clase, también atraviesa el género, la situación de pobreza o precariedad tiende a acrecentar. Así, el mismo estudio publicado por la CEPAL reveló que «los ingresos totales medios de las mujeres indígenas (1,6 líneas de pobreza) se ubican por debajo de la línea de vulnerabilidad a la pobreza definida por la CEPAL (1,8 líneas de pobreza) y los de las mujeres afrodescendientes (1,9 líneas de pobreza) apenas la superan» (2016, p. 34).

En esa línea y retomando lo planteado sobre el trabajo doméstico, otro estudio publicado por la CEPAL expuso que en Ecuador «una de cada cinco mujeres afrodescendientes se encuentra ocupada en el trabajo doméstico remunerado» (2018, p. 43).

Por otro lado, una de las conclusiones de la investigación Situación del Trabajo Remunerado del Hogar en Ecuador publicada por el Programa Igual valor, iguales derechos de CARE Ecuador, fue que «en Ecuador prevalecen relaciones de servidumbre y dominación propias del período colonial y de la lógica de producción de la hacienda que se mantuvo en nuestro país hasta bien entrado el siglo XX, y que se asientan en los paradigmas del patriarcado y el sentido de superioridad racial y de clase» (CARE Ecuador, 2018, p. 151).

Por lo tanto, el que la pobreza y la precariedad tiendan a estar representadas a través del rostro y del cuerpo de personas racializadas es algo que se ha venido arrastrando desde el colonialismo. Y no, esas a las que nos denominan resentidas sociales no podemos superarlo ni porque «ya pasaron más de quinientos años» porque más de quinientos años después todavía se siguen experimentando sus consecuencias. Empezar a reconocer esto nos puede evitar caer en reduccionismos injustos e insensibles como el de que «el pobre es pobre porque quiere». Entender a la pobreza y la precariedad como condiciones voluntarias y no como condiciones sistémicas hace un borrado automático de las desigualdades sociales.

Permitámonos incomodarnos nuestras posturas para entender que la realidad de quien representa a la otredad es mucho más compleja que la caricatura que desde todas las plataformas de poder conocidas se ha buscado reforzar.

Referencias bibliográficas:

Álvarez Ossa, L. (2015). Mujeres, pobres y negras: triple discriminación. Medellín, Colombia: Escuela Nacional Sindical (ENS). Recuperado de: http://biblioteca.clacso.edu.ar/Colombia/ens/20170803050223/pdf_906.pdf

CARE Ecuador. (2018). Situación del Trabajo Remunerado del Hogar en Ecuador. Recuperado de: https://www.care.org.ec/wp-content/uploads/2020/06/CARE-FOLLETO-TRH-1.pdf

Césaire, A. (2006). Madrid, España: Ediciones Akal. Discurso sobre el colonialismo. Recuperado de: https://enriquedussel.com/txt/Textos_200_Obras/Filosofia_liberacion/Discurso_colonialismo-Aime_Cesaire.pdf

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2016) La matriz de la desigualdad social en América Latina. Recuperado de: https://www.cepal.org/sites/default/files/events/files/matriz_de_la_desigualdad.pdf

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2018). Mujeres afrodescendientes en América Latina y el Caribe. Deudas de igualdad. Recuperado de: https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/43746/4/S1800190_es.pdf

Merino Guzmán, R. (2018). Colonialismo, racismo y cuerpo: apuntes críticos desde Frantz Fanon. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6510181.pdf

[1] Para ampliar esta idea, se puede revisar el texto “Identificarse a partir del Otro”, en el que trato conceptos de racialización, persona racializada y raza.

[2] «Pelado Sambo» es una expresión que hace referencia a estereotipos de comportamiento asociados a un hombre blanco y joven que vive en la zona urbana de Samborondón, una ciudad de la provincia del Guayas que forma parte del área metropolitana de la ciudad de Guayaquil, habitada principalmente por personas de clase alta.

[3] «Man calle» es una expresión que hace referencia a estereotipos de comportamiento asociados a un hombre generalmente racializado que vive en alguna zona habitada principalmente por personas de clase media-baja o baja de la ciudad de Guayaquil.

Aquí no escribo desde la cotidianidad, pero trataré de mantener el encanto.

Aquí no escribo desde la cotidianidad, pero trataré de mantener el encanto.